Hay un momento en el que las palabras asumen su primer significado, se llenan de contenido al nombrar las cosas, y los sonidos avivan en la imaginación la representación de un mundo que nace al golpe de los términos que le dan sentido. Ese comienzo ha ocurrido varias veces en América, desde hace más de veinte mil años, una temporalidad que se hunde en las más profundas raíces de la memoria de nuestros pueblos, en el proceso de poblamiento de un continente en el que ingresan grupos humanos evolucionados, de muy diversas procedencias y por diferentes rutas, para encontrarse algunos de ellos en esta privilegiada esquina norte de Suramérica llamada Colombia.

Trazar las huellas de la formación de este impresionante paisaje de gentes, acentos, modos de subsistencia y rasgos de singularidad como culturas, es un apasionante asunto de investigación a cargo de especialistas de la arqueología, la antropología y la historia, y no por una mera curiosidad científica o académica sino como producto de preguntas que hoy en día nos hacemos acerca del significado de la continuidad y los cambios, de la unidad y la diversidad de los modos de existencia social que cimentan la multiculturalidad y plurietnicidad de la nación.

Una parte de las respuestas están documentadas en los vestigios materiales del pasado, al entrar en contacto con los objetos y las transformaciones del paisaje producidas por esas sociedades ancestrales; accedemos a ellos tanto a través del estudio y contemplación de catálogos y colecciones museográficas, como de una cuidadosa aproximación a los caminos, complejos funerarios y habitacionales, y otras estructuras  arquitectónicas y de culto que perduran gracias a la longevidad de los materiales líticos o de piedra con que fueron elaboradas. Otra parte urge de la interpretación de los testimonios y las noticias de los primeros cronistas y administradores coloniales españoles, con su variable grado de detalle y veracidad. Una tercera fuente corresponde a los resultados de la admirada observación y comprensión de la complejidad de las culturas indígenas contemporáneas, portadoras de memorias densas y sutiles que se manifiestan en el lenguaje del mito, de los artefactos y del ritual que atraviesan el fluir de la vida cotidiana.

Vinieron de muchas partes. Se adentraron más y más utilizando un angosto o ancho puente de tierra o hielo, o avanzaron por las orillas de los mares que borraron su huella. Y muchos milenios después, cabalgando las olas cuando ya habían aprendido a domesticarlas con sus frágiles canoas y balsas, llegaron algunos más, de otras latitudes, desde donde barruntaron nuevas tierras guiándose por el ritmo de las olas al golpear sus naves, por los vuelos de las aves marinas, por las figuras de las nubes que se forman cuando hay tierras que no se ven, o arrastrados por las tormentas. Fueron llegando nues­tros antepasados, los verdaderos descubridores de lo que sería Abya-Yala, la Tierra-en-plena-madurez, como llamaron mucho tiempo después los Tules (Kunas) del Darién a esa “equivocación” que, en forma inopinada, encontraron y bautizaron los europeos con un nombre que nada tenía que ver con esto: América.

Hicieron los caminos; los caminos del encuentro en este crisol de culturas. Y a medida que avanzaban y se desperdigaban por todos los rincones del continente prodigioso, iban experimentando, ingeniando maneras para sobrevivir en todos los entornos, desde los desier­tos en los que aprendieron a vivir sacándole el máximo provecho a la desolación, hasta la intrincada Amazonia, el ámbito más biodiverso de nuestro azul hogar plane­tario, donde la naturaleza desplegó su mayor inventiva.

Y para enfrentarse con semejante reto conceptual, pues todo ha de ser clasificado y ordenado, llevaron hasta límites insospechados su capacidad de sobrevivencia y su inteligencia simbólica, y se dieron a la tarea de cons­truir sus mundos con obras que facilitaban la existencia.

No menos de cincuenta mil años inventándose mundos en este continente; sí, no uno sino muchos, porque cada cultura genera uno, multiplicando en la imaginación el que recién encuentran, nuevo o hecho ya por otros. Y se inventaron dos tipos de arte: uno, que no fue el prio­ritario, buscó imitar lo que se llama “la realidad”; pero la mayoría de nuestros creadores bien pronto se dio a la tarea de realizar un arte que no imitaba sino que trans­formaba. Y de esa manera multiplicaron aún más lo real.